jueves, 7 de enero de 2010

Pasajero en Trance

A ver. No escribí más, desde que volví a Londres en agosto. Recibí algunos comentarios de que debiera haber actualizado, pero la verdad es que las pocas veces que me dispuse a hacerlo no pude escribir más de cinco líneas. No por falta de interés en contar lo que me ha pasado en estos meses (por mail me he contactado con varios, y algún nivel de detalle he entregado), sino más bien por sentir que es imposible condensar en algunos párrafos lo que han sido mis devenires.

Y ahora tengo algunas horas para hacer cualquier cosa, y es poco probable que pueda hacer algo más que escribir. Estoy sentado en un pasillo del aeropuerto de Gatwick en Londres, son las 0:44hrs, y tengo encima ocho horas de aeropuerto, dos películas, medio libro, un par de kilómetros caminados, un plato de pasta frío (de postre un pequeño lujo, arándanos de Chile, un puñadito por tres libras), dos botellas de agua mineral, una siesta de tres minutos que me dejó las caderas destrozadas, y uno que otro ataque de ansiedad por la incertidumbre y el encierro. Hace dos días que empezó a nevar por segunda vez en el invierno, y por segunda vez este país se paralizó. Hoy leía en el diario que el ausentismo laboral llegó a 44%. Y sin necesidad de leerlo en el diario, me encuentro con que todos los vuelos han sido cancelados, y el aeropuerto parece un campamento de damnificados. Falta la olla común, pero están todos tirados en cualquier parte durmiendo, pasaron unos empleados repartiendo unas frazadas muy extrañas color metálico, y si por un minuto me olvido de que estoy en la capital de Inglaterra, puedo perfectamente sentirme como un chaitenino en el gimnasio municipal de Puerto Montt. Aunque claro, cada cinco minutos está el monótono aviso de que todas las maletas deben mantenerse al alcance de la mano o serán removidas y destruidas por motivos de seguridad.


Estoy acá, decía, porque la nieve tiene colapsado a este país, todavía reino y hasta hace muy poco el imperio más extendido y poderoso que ha existido. Y yo debía embarcarme a las cinco de la tarde con rumbo a Faro, al sur de Portugal, a donde voy a encontrarme con Martín (en realidad todavía no es claro si nos encontramos ahí o en Lisboa y, al paso que vamos, la verdad es que ya ni siquiera es claro si nos vamos a encontrar o no) y pasar una semana. Acá llegué tras tres horas de trenes y esperas en las estaciones más perdidas de la isla porque, claro está, el servicio de trenes colapsó por completo, y hoy el viejo axioma de que la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta fue desafiado hasta un punto impensable. Y llegué desde Brockwood Park School, el lugar que ha sido mi casa durante los últimos cinco meses.

Brockwood es, como su nombre lo indica, un colegio, pero también es varias cosas más. Fue fundado por Jiddu Krishnamurti en 1969, y pretende ser un centro educativo en el sentido más amplio de la palabra. Si lo logra o no, es un asunto que no me corresponde discutir en este momento. Queda en el condado de Hampshire, al suroeste de Inglaterra, y está ubicado en la mitad del campo inglés, rodeado de prados y bosques preciosos. Funciona en una casa antigua (que tendría 300 años de antigüedad según algunos), y plantea un modelo de educación muy distinto, tan distinto que se me hace un poco difícil de describir. A veces se me hace un poco difícil de entender también. La idea es despertar la inteligencia de los alumnos, y por inteligencia se entiende algo distinto de la capacidad para resolver problemas analíticos, desarrollar ideas escritas u orales, o cualquier definición de inteligencia que se quiera. Incluso las llamadas inteligencias sociales o emocionales quedan fuera de lo que Krishnamurti plantea. Para él la inteligencia consiste en un estado de alerta que permite percibir todos los condicionamientos que operan en nuestra mente constantemente, y que crean conflicto y división, primero interna (con todas las frustraciones y ansiedades que eso significa) y luego externamente (divisiones raciales, guerras, etc.). Incluso, por ahí leí que decía que la inteligencia consiste en darse cuenta de que responder correctamente las preguntas de un examen no es inteligencia. Y de ahí la idea de fundar un colegio, para despertar esta inteligencia. Lo que sí es justo decir, es que en los ochenta, tras varios años funcionando la escuela, alguien tuvo la ridícula idea de preguntarle si había notado algún cambio en alguno de los alumnos o educadores (hay mucho énfasis en el tema de educar al educador), y la respuesta fue un simple no.

En términos más prácticos, el colegio funciona como una especie de comunidad semi-autosustentable. La mayoría de las personas que trabaja (profesores, cocineros, carpinteros y un largo y multifacético etcétera, ya que, por ejemplo, las categorías “profesores” y “carpinteros” no son excluyentes) viven también en el colegio, y los alumnos toman parte activa del trabajo. Un día normal comienza a las 8am con una reunión matutina que consiste en 10 minutos del más absoluto silencio, sólo perturbado a ratos por las risas, toses, estornudos y demases de los alumnos. Después de eso tomamos desayuno. A la media hora suena una campanita, y todos (alumnos, profesores y nosotros, después explico esto de nosotros) colaboramos con las labores domésticas. Es bien bonito ver a todos el mundo aspirando las alfombras, lavando los platos y cosechando la huerta. Porque sí, tenemos una huerta orgánica de la que recibimos gran parte de lo que comemos; y en la que trabajo con mis propias manos una vez a la semana, (y dicen que la huerta ha sido un séptimo menos productiva este año). Y después de eso, comienzan las clases, y nosotros empezamos a trabajar. “Nosotros” somos los Mature Students, principalmente veinteañeros de todas partes que se interesaron por diversos motivos en vivir en el colegio. Los motivos de cada uno son cosa de cada uno, yo puedo decir que vine tras varios años leyendo a Krishnamurti, y con interés de vivir algo totalmente distinto a lo que estaba viviendo hasta entonces. Las percepciones respecto de lo que somos los Mature Student también son bastante diversas, y van desde la indiferencia hasta la despreocupación. En realidad, en el papel somos los encargados de brindar un ambiente de seriedad y ser una especie de puente entre los alumnos y el staff. O sea, no somos alumnos, ni somos staff, lo que en términos financieros significa que ni pagamos ni nos pagan por estar acá. A mí me parece un buen trato.

Y parte del trato es que trabajamos veinte horas a la semana, principalmente en la cocina, la huerta, los jardines y labores de mantención. A mí me corresponden cuatro días en la cocina, donde nos esforzamos por satisfacer los más exquisitos y refinados requerimientos alimenticios (están los que no comen lácteos, los que no comen huevos, los que no comen ninguna de las dos –los veganos—, los que no comen trigo, los que no comen trigo y además son veganos, los que no comemos azúcar… hasta están los que no comen ninguna de las anteriores y prefieren cocinarse ellos mismos para estar seguros). Y el quinto día, lo paso en la huerta. Y ambas tienen una relación totalmente recíproca, porque lo que la huerta da en alimento la cocina lo devuelve como abono. Para las mentes escatológicas, me refiero a las sobras de las comidas, que las mezclamos con tierra y al tiempo tenemos un abono casero espectacular. Y algunos de nosotros, además, hacemos clases. Yo tengo una de las dos clases de economía, y es probablemente lo que más disfruto en la semana. Mis alumnos son despiertos y les interesa el tema, y hacer clases en inglés ha sido una cosa no menor. Lo único difícil es que dentro de los esquemas del colegio no se hacen evaluaciones, así que cuesta un poco saber cuánto realmente están entendiendo cada vez que mueven la cabeza de arriba abajo, pero creo que vamos bien.

También se hacen deportes. Algunas tardes jugamos fútbol en la cancha que tenemos, y en la que los topos juegan más que nosotros, lo que le agrega un grado de dificultad extra y multiplica por cien la posibilidad de lesionarse el tobillo; dos veces a la semana se ofrece la posibilidad de ir a nadar a la piscina de Petersfield o Winchester, los pueblos aledaños; y una vez a la semana los Mature Students tenemos una clase de yoga.

Y por último, están los diálogos. Los Mature Students tenemos dos a la semana, y son una especie de reunión de comunidad (al más puro estilo CVX, los que entiendan que entiendan) en las que hablamos de distintas cosas, incluida la inmortalidad del cangrejo. Una vez a la semana la conversa es un poco más guiada, y gira en torno a la educación misma, y la segunda es completamente libre. Con los alumnos tenemos todos los viernes un enquiry time, en la que ellos mismos (o cualquiera) plantean un tema sobre el cual les gustaría conversar.

Eso con respecto a la rutina del colegio. Entrar un poco más en detalle me imagino que sería aburridor, y no quiero ser el único que lea esto.

Además, un par de cosas respecto de mí. Primero, creo que es importante decir que estoy contento, y que de hecho esa puede ser parte de la explicación de por qué me he mostrado un poco flojo escribiendo y dando noticias. Hace unas semanas hablé con alguien y le dije que los había echado de menos, y creo que lo que dije se malinterpretó, porque me llegaron un par de mails preguntándome si estaba bien y casi ofreciéndome plata para el pasaje de vuelta. Me parece que hay que hacer una distinción importante. Echar de menos no significa estar mal, y a veces puede significar precisamente lo contrario. Hay días en los que me siento tan tranquilo que pienso en toda la gente que quiero y que me quiere, y estoy tremendamente agradecido de tenerlos. Y me gustaría poder verlos más seguido, hacer alguna de las cosas que hacemos todo el tiempo cuando estoy allá y que al final han construido tanta amistad y cariño. Bueno, supongo que ahora la falta de sueño y el acarreo me están haciendo decir cosas un poco mariconas, pero que quede claro que los quiero y que estoy bien. Y que estos meses han sido muy importantes y de mucho valor. Todavía no tengo la más mínima idea de qué voy a hacer con mi vida, ni siquiera sé si ya estoy haciendo algo, pero siento que estoy menos confundido y con un par de cosas más claras que antes. Por ejemplo, me parece que me he dado cuenta de que tampoco es taaan importante saber lo que voy a hacer con mi vida, que al final se vive igual y van pasando montones de cosas, y que cada vez que intento que algo sea de alguna manera termina siendo de otra totalmente distinta.

Ahora llegó un poco de sueño, vamos a intentar aprovecharlo y espero poder escribir pronto. Todavía me faltan cosas que contar, como el viaje a Cataluña con Guillermo, que estuvo espectacular.